Desde Cáceres hacia Lisboa

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Estupendo ambiente nocturno en la vieja Lisboa.

Desde Cáceres con una pequeñísima mala leche.

Con una pequeñísima mala leche porque, después de haber llegado a esta bonita, bonita ciudad. Después de haber paseado de noche por algunas de sus calles medievales, la mala uva se me ha borrado casí por completo. Digo casí por completo y no del todo, porque aquí ando a las seis y media de la mañana escribiendo esta pequeña reflexión que me pide el cuerpo, en lugar de estar durmiendo para disfrutar más tarde de estas hermosas tierras.

El motivo de, digamos, mi intranquilidad está en lo que considero la mala suerte por no llamarlo de otra forma, que tenemos algunos con un tema fundamental cual es el de la educación de nuestros hijos.

En junio pasado asistí a la graduación de primaria de mi hijo mayor y tuve que escuchar a una persona que hablaba, según él, en nombre de los padres de los alumnos del colegio, cómo agradecía a todos y cada uno de los profesores del colegio, sin excepción, su especial dedicación y escepcional trabajo en la educación de nuestros hijos.

Pues bien, ¡y una mierda!

Ese momento, de emoción para mi hijo y por supuesto para mí, también será recordado como uno de esos en que me callé, cuando quizá debería haber hablado. Debo reconocer que, pensando sobre todo en mi hijo, me callé.

Y es que yo sí puedo afirmar que, no todos sin excepción, pero sí una mayoría más o menos significativa de los profesores, son unos malos profesionales. Si además de malos profesores, no han tenido la suerte de tener hijos, peor todavía, porque aún siendo malos, si fueran padres puede que entendieran algo más a los niños.

La mayoría de los niños están en lo que se llama la media, cosa elemental.

El problema es que hay algunos niños que se salen de esa media. Algunos son demasiado inteligentes, otros un poco menos, otros algo más torpes y algunos con quizás algún problema, como puede ser el de transtarnos en la conducta o de otro tipo.

Pues bien, un auténtico profesional y con vocación en la tarea de la docencia, es capaz de hacer que esos otros niños, los de fuera de la media, reciban una buena educación, una adecuada a sus circunstancias peculiares. Pero, de esos buenos profesionales, pocos, pocos profesores. Como ya aparece en este humilde blog, maestrillos aleccionadores en cambio, demasiados, más de los inevitables.

Hoy en día se habla mucho de la pedagogía, de las técnicas educativas, etc. Pero, a la hora de la verdad, mucha teoría en algunos y nada más. Y es curioso que, cuanto más incompetentes, más te hablan de sus técnicas educativas de cara a los padres. Te aconsejan qué deben hacer los padres. ¿Por qué no se ocuparán más de lo que deben hacer ellos como profesores?

El que tenga un niño fuera de esa media, ojalá tenga la suerte de que le toque un buen profesor. Si no es así, que se arme de paciencia, pues si no, acabaría cometiendo alguna locura o perdiendo la buena educación.

Claro, dar clase a la mayoría de los niños es sencillo. Casí aprenden solos. Luego se suspende a los “raritos” y perfecto. El resto de padres encantados. Son los padres de la media.

El problema surge con esos niños especiales, que en muchos casos son más inteligentes que el resto. Cuando les toca algún profesor inútil para la docencia, que probablemente sea menos inteligente que el propio niño, hay es donde está el problema y que además es de difícil solución. De difícil solución porque el profesor malo es tan malo que no se dá ni cuenta, y no sólo piensa en aleccionar al niño, quiere aleccionar a veces hasta a los padres.

La docencia requiere profesionales. Mi hijo ha pasado por 7 tutoras, y otros 4 ó 5 profesores y os aseguro que le han entendido y le han sabido educar no más de 5. Alguna profesora le ha hecho odiar el colegio. Eso no es ser profesional. No digamos ya tener una dedicación escepcional.
Y advierto que ha estado en clases siempre de 18 alumnos. Resulta que alguna no tenía tiempo que perder con un alumno en concreto, aunque tuviera 18 sólo.

Es o no, para estar de mala leche. Pues es para estar orgulloso de mi hijo porque se lo merece. Lo de la mala uva es por la impotencia con la que se encuentra uno ante situaciones como estas u otras parecidas.

Pero como alguien dijo: “la justicia sobre la fuerza, es la impotencia, la fuerza sin justicia es tiranía”

Ahora a procurar dormir un poco para disfrutar con mi familia de este viaje iniciado ayer.

Cáceres, 5 de septiembre de 2015

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de Alberto Blanco González Publicado en Reflexiones

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