Quiero escribirte algo
y no sé cómo empezar,
qué palabras voy a usar,
y cómo resultarán.
Cómo resultarán las mismas entrelazadas. Espero a que tú me indiques si valen la pena o no. Si provocan emoción, o si solamente son un grupo más de palabras.
Como siempre cuando escribo. Y antes de mostrarlo a nadie, te presto el texto un momento a fin de que tú me digas si es una tonta osadía, o un placer de atrevimiento
Lo que puedo prometer es que intentaré esmerarme, intentaré ser muy conciso, explicar lo inexplicable, y que se interprete bien.
Y allá voy.
Tengo … Tengo suerte de tenerte. Estoy contento de amarte. Lo mismo de desearte. Muy contento de sentirte. Y encantado de aguantarte.
Eres … Como buen leo, infantil, fuerte y valiente también. Con carácter desde luego, y estás siempre, siempre, ahí.
Eres hermosa por dentro. Eres bonita por fuera. Comprensiva hasta lo más. Responsable, noble, bella.
Al abrir tu corazón aparecen cosas buenas. Algunas veces te escondes. No dejas que se te vea.
Y como sé que no quieres que me enrolle por demás, solamente desear que nunca pueda decir, que el día más triste fue aquel en que te perdí.
Nos llamó y llamó gritando.
Nadie, nadie la escuchó.
La voluntad aguanta, resiste.
Al final final cedió.
Pero pronto, raudo aparece. Renace de su dolor. Una gran fuerza se afianza y rescata la ilusión.
El hombre desesperado, renace con esplendor. Vuelve a creer en él mismo. Y vuelve a caer en su error.
Es un ciclo sin final, del que nunca aprenderemos. La razón supera todo. El dolor, el sufrimiento, el sentimiento, la fe.
El raciocinio domina y debiera ser de otra forma. La inteligencia debiera respetar al caminante e iluminar el camino.
Pero nunca discutir sobre cuál es lo mejor. Si ahorrar tiempo en el andar o ir mirando al caminar y disfrutar con pasión, del camino y del vivir, del comer y del beber, y en catalán, del cardar.
La voluntad, el sentimiento, lo animal ya no conviene. La razón desvirtúa mucho el camino hacia el final.
En una de estas será que la fuerza no se afianze y rescate la ilusión.
El hombre desesperado, sin esplendor quedará. El sentimiento se irá. La esperanza, la pasión, hasta lo animal caerá.
La Tierra, nuestro planeta, al final pedecerá.
Aunque siempre hombres habrá dispuestos a pelear. A conseguir que con ganas, con ímpetu, con voluntad renazca La Tierra de nuevo renazca de nuevo La Paz.
¿Saben señores por qué
en la vida hay tanto idiota?
Pues es muy fácil de ver.
Porque hay mucho pelota.
Pelotas que ríen gracias.
Pelotas que se conforman
con estar al lado de …
el señorito de moda.
De moda por el dinero.
De moda por profesión.
De moda por ser el hijo
de algún insigne «bribón».
Si cómodo quieres vivir,
quizás debas aprender,
a cómo llegar a ser
un señorito de moda,
o quizás al menos ser
una persona pelota.
Hoy en día es complicado
ser humilde, noble, bueno.
Te las dan por todos lados.
Para mí que lo mejor,
sin dudarlo ni un momento
es ser listo, honrado, bueno.
Pero si no quieres que te den,
es mejor llegar a ser,
y si puedes escoger,
un señorito de moda.
Te ganarás bien la vida.
Te harán bien la pelota.
Te ligarás… muchas tías.
Te reirán tus tontas bromas.
Lo peor de todo eso:
Puede que nunca conozcas
a los hombres de valía.
A gente que aprovecha el tiempo
valorando otras cosas.
Las cosas realmente importantes
es raro que te las den
los señoritos de moda,
y nunca, nunca te las darán
las alimañas pelotas.
La sencillez, la nobleza.
Los amigos de verdad.
Aunque sean pocos, muy pocos.
Siempre, siempre los tendrás.
Un día de mucho calor decidí partir muy lejos. Partir para no volver. Perderme en lo más adentro.
Partir hacia el horizonte, por donde el sol reaparece. Partir sin decir adiós. Y dejar de estar ausente.
Ausente en mi propia casa. Ausente con mi propia gente. El ignorado de muchos. Pero siempre ausente, ausente.
Con mis propios pensamientos.
Dejadme vivir en paz. Con mis propias diversiones. Con mis propios sentimientos. Con mis propias emociones.
No necesito cambiar. Ni que nadie me aleccione. Sólo quiero ser feliz. Y vivir mis ilusiones.
Y si alguien no lo entiende, que se ponga en mi lugar. Yo tampoco os entiendo, pero tengo que aguantar. Aguantar vuestras rarezas, aunque sean las normales, las típicas, las generales.
Cada uno es como es. Y a veces sin elección. Lo mejor, creo que es, que me aceptéis como soy.
Con mis propios sentimientos.
Con mis propias diversiones. Con mis propios pensamientos. Con mis propias emociones.
Entendedlo de una vez. Dejadme vivir en paz. Y si no, me marcharé.
Desde mi humilde ventana diviso un montón de estrellas. Puede que sean las mismas. Las mismas que divisaba, en esas noches lejanas, desde mi vieja meseta.
Estrellas que nos enseñan cuánto pequeños que somos, cuánto poco que vivimos y, cuánto que nos perdemos.
En los días despejados pasemos un poco el tiempo mirando de noche estrellas, cometas, lunas, planetas.
Pensemos mientras las vemos. Cuántos mundos diferentes. Cuántas personas distintas. Cuántos muchos pensamientos. Cuántas vidas tan perdidas.
Qué poco nos respetamos. Qué de poco valoramos nuestras cortas diferencias, nuestras llamadas rarezas.
Cuánto de más valoramos las pequeñeces terrenas, las pasajeras riquezas. Cosas que desaparecen sin dejar ninguna huella.
Cuánta inmensidad, Dios mío. Qué de variedad perfecta.
Empezó el otoño. Empezó a llover. Acabó el verano. Te dejé de ver. Qué triste mi vida. Qué triste sin ti. El pueblo, aburrido. El camino, frío. El día, más corto. La noche, más larga.
Qué corta la vida. Te fuiste enseguida. Qué triste existencia desde que partiste. Quisiera agarrarte y no separarnos. Quisiera volar, cogerte y marcharnos. Que tú aparecieras y me acompañaras.
Marcharnos lejos, muy lejos de aquí. Donde ya la muerte no nos encontrara. Y si un día apareciese y nos encontrase, poder evitarla, poder esquivarla.
La vida se vive. La vida se pasa. La vida se gasta en un santiamén. Corriendo, corriendo desapareciste. Corriendo, corriendo te reencontraré.
Pues la vida pasa, se vive enseguida. La vida se escapa.
Y la muerte… ¡ay! La muerte aparece, tan rápidamente, que asusta encontrarla.
Con una pequeñísima mala leche porque, después de haber llegado a esta bonita, bonita ciudad. Después de haber paseado de noche por algunas de sus calles medievales, la mala uva se me ha borrado casí por completo. Digo casí por completo y no del todo, porque aquí ando a las seis y media de la mañana escribiendo esta pequeña reflexión que me pide el cuerpo, en lugar de estar durmiendo para disfrutar más tarde de estas hermosas tierras.
El motivo de, digamos, mi intranquilidad está en lo que considero la mala suerte por no llamarlo de otra forma, que tenemos algunos con un tema fundamental cual es el de la educación de nuestros hijos.
En junio pasado asistí a la graduación de primaria de mi hijo mayor y tuve que escuchar a una persona que hablaba, según él, en nombre de los padres de los alumnos del colegio, cómo agradecía a todos y cada uno de los profesores del colegio, sin excepción, su especial dedicación y escepcional trabajo en la educación de nuestros hijos.
Pues bien, ¡y una mierda!
Ese momento, de emoción para mi hijo y por supuesto para mí, también será recordado como uno de esos en que me callé, cuando quizá debería haber hablado. Debo reconocer que, pensando sobre todo en mi hijo, me callé.
Y es que yo sí puedo afirmar que, no todos sin excepción, pero sí una mayoría más o menos significativa de los profesores, son unos malos profesionales. Si además de malos profesores, no han tenido la suerte de tener hijos, peor todavía, porque aún siendo malos, si fueran padres puede que entendieran algo más a los niños.
La mayoría de los niños están en lo que se llama la media, cosa elemental.
El problema es que hay algunos niños que se salen de esa media. Algunos son demasiado inteligentes, otros un poco menos, otros algo más torpes y algunos con quizás algún problema, como puede ser el de transtarnos en la conducta o de otro tipo.
Pues bien, un auténtico profesional y con vocación en la tarea de la docencia, es capaz de hacer que esos otros niños, los de fuera de la media, reciban una buena educación, una adecuada a sus circunstancias peculiares. Pero, de esos buenos profesionales, pocos, pocos profesores. Como ya aparece en este humilde blog, maestrillos aleccionadores en cambio, demasiados, más de los inevitables.
Hoy en día se habla mucho de la pedagogía, de las técnicas educativas, etc. Pero, a la hora de la verdad, mucha teoría en algunos y nada más. Y es curioso que, cuanto más incompetentes, más te hablan de sus técnicas educativas de cara a los padres. Te aconsejan qué deben hacer los padres. ¿Por qué no se ocuparán más de lo que deben hacer ellos como profesores?
El que tenga un niño fuera de esa media, ojalá tenga la suerte de que le toque un buen profesor. Si no es así, que se arme de paciencia, pues si no, acabaría cometiendo alguna locura o perdiendo la buena educación.
Claro, dar clase a la mayoría de los niños es sencillo. Casí aprenden solos. Luego se suspende a los «raritos» y perfecto. El resto de padres encantados. Son los padres de la media.
El problema surge con esos niños especiales, que en muchos casos son más inteligentes que el resto. Cuando les toca algún profesor inútil para la docencia, que probablemente sea menos inteligente que el propio niño, hay es donde está el problema y que además es de difícil solución. De difícil solución porque el profesor malo es tan malo que no se dá ni cuenta, y no sólo piensa en aleccionar al niño, quiere aleccionar a veces hasta a los padres.
La docencia requiere profesionales. Mi hijo ha pasado por 7 tutoras, y otros 4 ó 5 profesores y os aseguro que le han entendido y le han sabido educar no más de 5. Alguna profesora le ha hecho odiar el colegio. Eso no es ser profesional. No digamos ya tener una dedicación escepcional.
Y advierto que ha estado en clases siempre de 18 alumnos. Resulta que alguna no tenía tiempo que perder con un alumno en concreto, aunque tuviera 18 sólo.
Es o no, para estar de mala leche. Pues es para estar orgulloso de mi hijo porque se lo merece. Lo de la mala uva es por la impotencia con la que se encuentra uno ante situaciones como estas u otras parecidas.
Pero como alguien dijo: «la justicia sobre la fuerza, es la impotencia, la fuerza sin justicia es tiranía»
Ahora a procurar dormir un poco para disfrutar con mi familia de este viaje iniciado ayer.
Sí que sé que todo lo que antes de que nacieraís era lo primero para mí ha pasado a un segundo lugar.
Muchos dicen que cada uno debe hacer su vida sin renunciar a nada, porque entonces no es una vida completa. Se debe seguir viviendo pensando en aprovechar los momentos que individualmente nos hagan gozar, nos permitan realizarnos como suele decirse, e intentar satisfacer la vida individual para tener una vida plena. Quizá tengan razón, pero de ser así, sólo en parte.
A muchos padres no nos satisface una vida si no es pensando en los hijos y en hacer lo que creemos mejor para ellos. En procurar ante todo que sean felices. Con eso somos felices nosotros también.
Gracias a los hijos se adquiere una perspectiva distinta de la vida, y quizá esta perspectiva no pueda entenderse sin ser padre. E incluso creo que, ni siquiera una parte importante de los padres la tengan.
Estamos en una sociedad de consumo de la que resulta mucho más difícil de lo que creemos pasar de sus tentaciones. Es fácil hablar de lo malo que es el consumismo, de cómo la gente se deja llevar por el dinero, por el afán de protagonismo, por el placer inmediato, por muchas de esas cosas que muchos criticamos. Hablamos de la sociedad que queremos, de la sociedad del bienestar, de la sociedad donde prevalezcan otros valores. Pero, a veces, no nos damos cuenta que lo que tenemos claro al criticar, es lo que realmente estamos fomentando nosotros mismos. Lo estamos haciendo nosotros. Seguimos conductas que van en contra de todo lo que decimos pensar, hacemos justo lo que criticamos. Pero, estamos tan convencidos de nuestros argumentos parlantes, que acabamos creyendo que nosotros no representamos a esa sociedad consumista y materialista. Gran error. En muchos casos podríamos ser sus máximos exponentes.
Siempre he tenido claro, y en este blog lo he dejado escrito en más de una ocasión, y seguiré haciéndolo, que la vida es para disfrutarla. Nos la han dado para vivirla y aprovecharla todo lo que se pueda. Pero la cuestión es ¿qué satisface a cada persona?, ¿cómo considera cada uno la forma en que mejor aprovecha su vida?
A mí me preocupa sobretodo el bienestar de mis hijos. Su bienestar y el poder compartir el mismo con ellos. Al menos hasta que ellos lo puedan compartir con otros. Después no sé. Pero, en cada momento, la vida me ha llenado de expectativas e ilusiones, y no creo que estas desaparezcan, simplemente cambiarán.
Ahora, mientras sean como son, niños, mientras me necesiten, lo que realmente me preocupa son ellos. Ellos son la primera de las causas que hacen que sea feliz, que hacen que esté contento o triste. Ellos me hacen gozar de la vida de verdad. Puede que a veces me despiste y pierda la perspectiva, pero pronto la recupero, y vuelve todo, salvo ellos, a un segundo plano.
No soy tan mayor y creo que nunca lo seré como ya he dicho, para renunciar a mi vida, a mi futuro. Pero renunciaría a todo por mis hijos.
Voy a reproducir una definición de hijo que circuló por Internet, y que creó alguna polémica al atribuirsela a José Saramago, pero que, la escribiera quien la escribiera, en mi opinión, refleja bastante bien lo que significa para un padre un hijo.
«Hijo es un ser que Dios nos prestó para hacer un curso intensivo de cómo amar a alguien más que a nosotros mismos, de cómo cambiar nuestros peores defectos para darles los mejores ejemplos y, de nosotros, aprender a tener coraje. Sí. ¡Eso es! Ser madre o padre es el mayor acto de coraje que alguien pueda tener, porque es exponerse a todo tipo de dolor, principalmente de la incertidumbre de estar actuando correctamente y del miedo a perder algo tan amado. ¿Perder? ¿Cómo? ¿No es nuestro? Fue apenas un préstamo… EL MAS PRECIADO Y MARAVILLOSO PRÉSTAMO ya que son nuestros sólo mientras no pueden valerse por sí mismos, luego le pertenecen a la vida, al destino y a sus propias familias. Dios bendiga siempre a nuestros hijos pues a nosotros ya nos bendijo con ellos»