Hoy, 21 de marzo, coincidiendo con el Día mundial de la Poesía, sale el Lambrión Chupacandiles por las calles de Ponferrada para anunciar el inicio de su Semana Santa.
Este año he vuelto a colaborar con la publicación Nazareno con la aportación de este poema para destacar esta figura tan especial en esta celebración.
El eco del Lambrión
(Al recuerdo del Lambrión Chupacandiles)
Ponferrada entera te escucha,
el Castillo parece rezarte,
y el reloj de la Torre se ajusta
al compás de tu andar sin cansarte.
Hoy te espero con alma de niño,
aunque el tiempo ya marque mi cara,
porque sigues trayendo contigo
la emoción que jamás se desgasta…
Pasaba cada año,
cuando la primavera aún se frotaba los ojos,
y la calle olía a cerezos en flor y a tierra mojada.
El Lambrión Chupacandiles,
alto, flaco, de tiempo antiguo,
con su manto prestado al polvo y su campana
como un corazón que no sabía callar.
Yo era niño.
Y en la grieta de la ventana
dejaba medio rostro, medio alma,
esperando el temblor de esa campanilla
como si el mundo entero se ordenara a su paso.
Una vez al año,
la eternidad se hacía audible.
¡Tin… tin…!
No era solo metal:
era la promesa de que algo sagrado venía,
aunque no supiera bien qué.
Un hombre vestido de siglos,
llamando a la vela, al recogimiento,
y yo—
yo encendía dentro de mí una luz
que no sabía que tenía.
Mi madre murmuraba:
“Ahí va el Lambrión...”
y su voz se volvía incienso.
Han pasado los años.
Las calles ya no huelen igual.
Hay más ruido, menos silencio.
Y, sin embargo,
cada vez que, por azar o milagro,
escucho una campana sola,
como un dedo tocando la memoria,
mi pecho se abre,
como se abre la tierra al primer agua del año.
Porque aún soy aquel niño
escondido en la ventana,
esperando que el tiempo se detenga
al paso del Lambrión.
Y no sé si es Dios,
o solo el recuerdo,
pero algo me dice:
“aún estás a tiempo de creer.”
Y es que con los años,
comprendí que aquella campana no llamaba
solo a la misa,
ni al incienso,
ni al deber.
Llamaba al alma.
Era Dios disfrazado de costumbre,
tocando a la puerta
de un niño que no sabía su nombre,
pero ya lo reconocía en el temblor de la voz del aire,
en aquel eco de campana.
Y aunque caminé lejos,
aunque la duda me hizo sombra muchos inviernos,
esa luz —pequeña,
como una vela que nadie ve encendida—
siguió ardiendo por dentro.
Ahora sé
que el milagro no era el sonido,
sino que mi corazón respondiera:
“aún estás a tiempo de creer.”
Alberto Blanco González
Semana Santa de Ponferrada 2026





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