El poema que sigue al texto de Encuentro con poeta, texto de mi libro «Entre encuentros y sueños… versos», es Sueño con poeta:
En la bruma del sueño camina un hombre antiguo, con la mirada herida de amor y la voz encendida de poesía.
Me habla del corazón como de un río secreto: nace en la hondura, se desborda en la pasión, y muere entregándose al mar, como un amante que se consume por alcanzar lo eterno.
Me dice que las montañas son anhelos detenidos, que las nieblas del Bierzo no ocultan sino promesas veladas, y que cada encina guarda el suspiro de un juramento roto.
En Villafranca, en Bembibre, en Ponferrada, el aire todavía conserva el eco de los pasos de aquellos que amaron demasiado.
Yo escucho, y siento que la naturaleza no es paisaje, sino espejo de la herida; no es adorno, sino voz que responde al temblor del alma.
Entonces comprendo: el amor es eternidad en un instante, es llama y desgarro, es poesía hecha tierra y tierra hecha poesía.
Y cuando despierto, aún oigo al Sil pronunciar su nombre, como si el agua guardara para siempre el secreto de un verso inacabado.
Hoy, 21 de marzo, coincidiendo con el Día mundial de la Poesía, sale el Lambrión Chupacandiles por las calles de Ponferrada para anunciar el inicio de su Semana Santa.
Este año he vuelto a colaborar con la publicación Nazareno de la Real Hermandad de Jesús Nazareno, lo que para mí supone un auténtico orgullo, con la aportación de este poema para destacar esta figura tan especial en esta celebración. Gracias.
El eco del Lambrión (Al recuerdo del Lambrión Chupacandiles)
Ponferrada entera te escucha, el Castillo parece rezarte, y el reloj de la Torre se ajusta al compás de tu andar sin cansarte.
Hoy te espero con alma de niño, aunque el tiempo ya marque mi cara, porque sigues trayendo contigo la emoción que jamás se desgasta…
Pasaba cada año, cuando la primavera aún se frotaba los ojos, y la calle olía a cerezos en flor y a tierra mojada. El Lambrión Chupacandiles, alto, flaco, de tiempo antiguo, con su manto prestado al polvo y su campana como un corazón que no sabía callar.
Yo era niño. Y en la grieta de la ventana dejaba medio rostro, medio alma, esperando el temblor de esa campanilla como si el mundo entero se ordenara a su paso. Una vez al año, la eternidad se hacía audible.
¡Tin… tin…! No era solo metal: era la promesa de que algo sagrado venía, aunque no supiera bien qué. Un hombre vestido de siglos, llamando a la vela, al recogimiento, y yo— yo encendía dentro de mí una luz que no sabía que tenía.
Mi madre murmuraba: “Ahí va el Lambrión...” y su voz se volvía incienso.
Han pasado los años. Las calles ya no huelen igual. Hay más ruido, menos silencio. Y, sin embargo, cada vez que, por azar o milagro, escucho una campana sola, como un dedo tocando la memoria, mi pecho se abre, como se abre la tierra al primer agua del año.
Porque aún soy aquel niño escondido en la ventana, esperando que el tiempo se detenga al paso del Lambrión. Y no sé si es Dios, o solo el recuerdo, pero algo me dice: “aún estás a tiempo de creer.”
Y es que con los años, comprendí que aquella campana no llamaba solo a la misa, ni al incienso, ni al deber. Llamaba al alma.
Era Dios disfrazado de costumbre, tocando a la puerta de un niño que no sabía su nombre, pero ya lo reconocía en el temblor de la voz del aire, en aquel eco de campana.
Y aunque caminé lejos, aunque la duda me hizo sombra muchos inviernos, esa luz —pequeña, como una vela que nadie ve encendida— siguió ardiendo por dentro.
Ahora sé que el milagro no era el sonido, sino que mi corazón respondiera: “aún estás a tiempo de creer.”
Alberto Blanco González Semana Santa de Ponferrada 2026
En Tierra de Campos nació mi Navidad, entre escarcha, campanas y silencios; los pueblos guardaban viejos juramentos de ayuda fiel, sencilla y fraternal.
Campos dorados duermen su lealtad, olvidados por trenes y por tiempos; había corrillos, manos y alimentos, y el vecino era casa, era cordialidad.
Vuelve la infancia al fuego del hogar, la voz de los padres, el pan recién cortado, la calle estrecha, y el teleclub donde esperar.
Navidad es recuerdo compartido: ser niño, y ver que el mundo fue cuidado por gente buena… aunque se haya ido.
El día 11 de septiembre de 2025 tuve el grandísimo honor de dar el pregón de las Fiestas de Moral de la Reina, mi pueblo, en honor al Cristo de los Afligidos. Quiero agradecer a todos el cariño recibido. Fue un día que no olvidaré. Un reencuentro muy emotivo. GRACIAS.
Poema compuesto para la Revista «Nazareno» de la Real Hermandad de Jesús Nazareno con motivo de la Semana Santa de Ponferrada 2025.
Un nazareno cualquiera. Un destino que tocó. Una cruz que mucho pesa. Una vida y un dolor. Un nazareno que sufre por alguien que ayer perdió. Y una madre a la que cuesta aceptar lo que pasó. Mirando a Cristo en la Cruz, viendo a La Madre llorar, parece que ven la luz, parecen encontrar la paz.
Más nazarenos como él, orgullosos de allí estar, le ayudan en el camino, y le alivian su penar. Al compartirlo entre ellos su peso se hace liviano y el paso pueden llevar. La conjunción en su marcha los lleva a un mismo destino, juntos siempre, y sin parar. Caminando hacia ese Cristo, que les señala el camino, que les ayuda en su andar.
Son humildes porteadores, que nos hacen ver a todos el amor que es de verdad, el que alivia el sufrimiento, el que nos hace avanzar.
Todos somos nazarenos. Todos llevamos la cruz. Todos necesitamos a otros, que compartan nuestra pena, que nos hagan ver la luz.
Los nazarenos se ayudan por sentir cerca el dolor, la muerte, la desesperanza, la Pasión, el Gran Amor. Un amor que año tras año les acerca tanto a Dios.
De esta forma siempre entienden que el dolor se hace menor, cuando otros semejantes te acompañan y te ayudan, con amor, con devoción, a soportar esa carga, como tú lo hiciste antes, como tú lo harás mañana. Como todo nazareno.
Y lo harás si es necesario. Y sentirás muy adentro las palabras de ese Hijo, la mirada de la Madre, que desde el cielo agradecen que les portes de ese talle.
Porque portar, sólo no es eso. Los nazarenos lo saben: Portar es hacerse uno, es comunión confortable. Es acompañar al Señor, es aceptar su Perdón, es abrirse y no cerrarse. Es despertar a la luz. Es vivir para entregarse.
Un nazareno cualquiera, un humilde porteador, un hombre como otros tantos, un amante, un soñador. Su fe le hace escuchar. Y oye a Jesús que le pide, que le pide y le agradece: no dejes de caminar. Lleva mi cruz nazareno, acompáñame en mi andar. Algún día, te aseguro, a mi lado tú estarás.