¡Qué pena! Recuerda niño que mi alma está llorando por ti. Estás tan lejos ahora que no me podrás oír. No obstante, mi bello niño, mi alma, siempre, junto a ti.
¡Qué pena! A pesar del lejano exilio te sentiré siempre aquí, aquí cerquita, a mi lado, ahora y siempre junto a mí. Siento mucho no escucharte, ni nada poderte decir.
Sólo, con estos sencillos versos, desahogo mi pesar, mi enorme pena dolida.
Sólo, intento poder mostrar todo, casi todo mi sentir.
Versos que sé, no podrán llegarte, pero nunca están de más. Aquel día que marchaste, nos dejaste un gran dolor, una eterna amargura. Se acabó nuestra ilusión.
¡Qué pena! No te pude acompañar, y te llevaste contigo mi mitad del corazón. La otra mitad siempre llora recordando con pasión tu dulzura, tu inocencia, tu bondad, tu comprensión.
¡Qué lástima! Como aquella niña guapa, que camino del colegio iba de muy mala gana, y aplastaba su carita en la ventana, para que luego el poeta, un León de la poesía, su triste historia contara.
¡Qué lástima! Ojalá pudiera ser que en aquel lugar se vieran, y jugaran muy contentos por no tener que ir a la escuela.
Sólo asistir a alguna clase para leer algún verso, y así entonces el poeta pudiera ser su maestro.
Estoy cansado. Estoy perdido. Desmotivado, aburrido. Un poco harto. Ya no me encuentro. Si no fuera por ti, cambiaría, me iría lejos.
De puntillas, en la noche, desaparecería. Mientras los demás duermen las estrellas me guiarían. Buscaría un lugar, un espacio abierto, una nueva forma de… vivir… despierto.
Vivir los sueños, disfrutar del tiempo. Pasear sintiendo, pasear viendo. Correr, sólo lo justo, para ver el sol, la luna, el cielo.
No es bueno el apego, si no permite volar, ir hacia el cielo. Pasear por la luna, disfrutar de su reflejo, descubrir su cara oculta. Eso quiero. No tener miedo a perder lo que tenemos. Si nos amamos, no lo perderemos. Espero que decidas acompañarme. Y entonces, nos iremos.
Sus miradas sin quererlo se cruzaron, y el palpitar del corazón se aceleró. No pudieron evitar su sobresalto, la reacción irracional de su interior.
Se sentían en un gozoso trance, del que no podían, ni querían escapar. Sólo deseaban ¡Oh Dios mio! no acabese esa jovial y radiante sensación. Que el atasco de otros días aumentara, que a aquel bus le costara progresar. Que el momento que vivían perdurase, que sus pasos se volvieran a encontrar.
En aquel autobús, aquel día, sus miradas, sin quererlo, solamente se cruzaron, y el palpitar de los dos se aceleró. Descubrieron la importancia de un instante, la felicidad indescriptible, el amor. Sus entrañas rebosaban en su senos, sus sentidos no sintieron nada igual.
Aún ahora, todavía se estremecen, y se les acelera el latir del corazón, cada vez que se cruzan sus miradas, ya siempre queridas, buscadas, radiantes, y rebosantes de amor.
Una serena noche de dulce olor a rocío, me sobresaltó la ausencia de tu luz iluminando la extraña cama vacía, en otro tiempo repleta de abrazos, soles, esencias.
¿Dónde dejamos los besos, las caricias, y el compartir de las penas? ¿Qué fue de aquel esplendor, que sin final parecía, hasta que poco a poco pasó a simple monotonía?
¿Por qué no nos enteramos? ¿Por qué no nos dimos cuenta? ¿Por qué me sorprendo hoy de todas esas ausencias, de todos esos momentos perdidos sin percatarnos?
La noche huele a rocío, la noche sigue serena. Pero en nuestra noche faltan los soles, los abrazos, … las esencias.
El día que me marché no quise mirar atrás. Sólo pensaba en volver. En cuándo iba a regresar.
Partí con muy pocas cosas y con muchos sentimientos. Sentimiento de tristeza, sentimiento de abandono. Sentimiento de vergüenza. Sentimiento de estar solo.
Cuando por fin regresara, qué sería de los mios, quizás ni me recordaran, quizás también se habrían ido.
¿Quién cuidará de mi amada, quién velará por mis niños?
Siempre estaréis en mi mente. Siempre en mi vida estaréis. En mi vivir, en mi ser. Siempre conmigo estaréis.
¿Quién cuidará de mi amada, quién velará por mis niños? ¿Quién os arropará en la cama, para que no cojáis frio?
Yo, aunque en la distancia, no pensaré en otra cosa. En mi mente, en mi camino, en mi vivir, en mi ser. Os tendré siempre conmigo. Siempre conmigo estaréis.
Foto descargada de Internet. No aparece autor. Pero inspiradora
Navidad en la aldea, en el pueblo, en la ciudad. Navidad en familia, en compañía, en amistad. Navidad del creyente, del ateo, qué más da. Navidad recordada, y de niños, no era igual.
Navidad en mi tierra. Navidad en el campo. En mi pueblo que aún pequeño, estaba algo más poblado.
Pueblo y pueblos de campos, que con el paso del tiempo, van quedando más yermados. Ausencia de algún vecino a quien siempre recordamos.
Mis recuerdos navideños: Heladas, escarcha, frío. “Chupiteles” en tejados. Algunos de los mayores, sabañones en las manos.
Las estufas de piñones con la gente alrededor, parloteando, mayormente, de asuntos del labrador. En el bar del teleclub, en su punto de reunión.
Manos muy frías y rojas. Trozos de calle con hielo. La tierra helada y muy dura.
Sin bombillas navideñas. Pero Navidad al fin.
Con nacimiento en la iglesia. Petición del aguinaldo por las casas calentitas. Saludando a tus paisanos.
La familia toda en casa con ambiente muy hogareño. Con la “gloria” quema y quema, calentito desde el suelo.
Tu familia toda en casa. Ningún añoro de niño.
De mayor es diferente. Los recuerdos, la añoranza. Las personas que quisimos.
Navidad de las ausencias. De los padres que no están. De los hermanos distantes que quizá no volverán.
Pero, si tenemos hijos en edad de no añorar, disfrutemos hoy con ellos, y así podrán recordar la Navidad con sus padres que ya nunca olvidarán.
La Navidad, sin dudarlo, es la fiesta de los niños. Los mayores disfrutamos, si por un momento al menos, conseguimos transformarnos en infantes como ellos.
Que nunca desaparezca de nosotros la ilusión, la magia y la inocencia, la intención de ser mejor.
De preocuparnos del prójimo, de ayudar a los demás, de procurar recordar lo que se nos inculcó.
Ojalá siempre deseemos e intentemos conseguir, lo que todos merecemos una Navidad Feliz.
Empezó el otoño. Empezó a llover. Acabó el verano. Te dejé de ver. Qué triste mi vida. Qué triste sin ti. El pueblo, aburrido. El camino, frío. El día, más corto. La noche, más larga.
Qué corta la vida. Te fuiste enseguida. Qué triste existencia desde que partiste. Quisiera agarrarte y no separarnos. Quisiera volar, cogerte y marcharnos. Que tú aparecieras y me acompañaras.
Marcharnos lejos, muy lejos de aquí. Donde ya la muerte no nos encontrara. Y si un día apareciese y nos encontrase, poder evitarla, poder esquivarla.
La vida se vive. La vida se pasa. La vida se gasta en un santiamén. Corriendo, corriendo desapareciste. Corriendo, corriendo te reencontraré.
Pues la vida pasa, se vive enseguida. La vida se escapa.
Y la muerte… ¡ay! La muerte aparece, tan rápidamente, que asusta encontrarla.