Encuentro. Llegada

Llegada

Ya llegué a tu ciudad. A ver si encuentro el hotel. Estaba en el casco antiguo y espero poder entrar bien con el coche, ¡Genial ahí está! ¡Qué bonita plaza! Estoy deseando subir mis cosas a la habitación y salir a dar una vuelta. 

Bueno, pues ya estoy aquí. El de la recepción me ha indicado varios sitios y resulta que estoy en el centro de todo el meollo, estoy en el corazón de la villa. Vaya tarde que he pillado. Salí lloviendo y desde la mitad del camino he tenido un cielo limpio de nubes con un sol espectacular. Y ahora mismo, cuando el sol se está metiendo, aparece ese cielo rojizo que hace que uno quiera ir hacia él. Pero yo qué va, ¡qué bien me siento aquí! Estoy en el sitio que quiero estar, donde he soñado estar tantas veces.

Cuántas veces he mirado al horizonte o he visto ponerse el sol, y he pensado que quizá tú estarías mirando lo mismo, en ese mismo momento, desde tu espacio. Hasta puede que al verlo, en alguna ocasión, te acordaras de mí. Supongo que seguirás pensando que las cosas bellas de la vida son las cosas que demasiadas veces se nos escapan, que a menudo no sabemos apreciar, que las tenemos siempre ahí pero olvidadas, que son, casi siempre, cosas sencillas de ver y de hacer,  pero no de valorar. Por eso disfruto de estar aquí, viendo este cielo rojizo desde esta terraza de bar, tomándome un estupendo vino y degustando un pincho de patata con bacon, no sé si muy saludable, pero sí sabroso.

Desde mi observatorio estoy viendo pasar gente, bastante gente por cierto. Es martes y son las ocho de la tarde, y no pensé que habría tan buen ambiente por aquí. Estoy en una plazuela con dos terrazas y con varios bares y algún restaurante en las calles adyacentes. He visto que las tiendas siguen abiertas. Supongo que estarán a punto de cerrar. Quizá cierren a las nueve.

No sé muy bien cómo expresarlo, pero estoy y me siento muy a gusto, me siento libre, y no me siento nada solo.

Acaban de empezar a tocar muy cerquita de mí unos músicos. Suenan muy bien.

A disfrutar del momento. Voy a pedirme otro vinito.

ABG

 

 

10 de abril de 2020

 

 

 

Encuentro. Viaje

Inicio: viaje

 

Hoy me decidí. He cogido el coche y aquí estoy, camino de tu ciudad. Llevaba tiempo pensando en ello. ¡Vaya!, tengo un cosquilleo de esos que solo siento cuando vivo un sueño. Después de estos años ¿qué voy hacer?, ¿qué voy a decirte?, ¿cómo haré para encontrarme contigo? Sí, he decidido ir a verte, pero no tengo claro cómo justificar nuestro encuentro. Bueno, lo primero es llegar, instalarme, andar las calles por las que tú habrás andado un millón de veces, y saborear el momento. Imagínate que precisamente en  estos días te hayas ido a algún sitio y no te vea. Bueno, no creo, no son días señalados para dejar de trabajar. Debo tener en cuenta que desde que empecé a dejar de pensar en lo que podría salirme mal, o no tan bien, soy feliz. Así que adelante, que seguro que coincido en tiempo y en espacio contigo una vez más, después de tanto tiempo. ¡Qué pasada! No puedo sentirme mejor. Solo con pensarlo siento que alcanzo el cielo.

¡Coño! ¡qué susto! casi me como el camión. 

Voy a poner música. Patricia Kaas, tú me hiciste escucharla. Y de paso repaso mi  francés, ya casi del todo olvidado.

ABG

 

9 de abril de 2020

Un amor, un amigo (III)

Después del baile en La Paloma y tras tomar algún cóctel de cava en algún local cercano a la sala, acabamos los cuatro “para el arrastre”. Expresión, recuerdo, que a Jose la resultó muy graciosa. No paraba de reír. A esas horas y después de todo el recorrido cualquier cosa nos parecía graciosísima. El caso es que estábamos tan cansados, que no quedaba otra que retirarnos, irnos a casa a dormir, o a intentarlo al menos. Ariadna y Jose no vivían cerca la una de la otra, y con esa disculpa decidimos, no sé cómo,  coger dos taxis, uno por pareja. Yo acompañaría a Ariadna y Manuel a Jose.

Ariadna y yo, de camino a su casa, decidimos hacer una última parada. Habían abierto una granja (chocolatería- churrería) al lado de su portal, y nos permitimos el placer de tomarnos un chocolate con sus correspondientes churros. Cosa que a mí me gustaba y a la que estaba acostumbrado, pues era algo que solía hacer por Valladolid, y que me apetecía especialmente porque era disfrutar un pequeño rato más, y a solas, con aquella bella chica.

Mientras nos tomábamos aquellos sabrosos churros mojados en el chocolate, que me parecía una delicia de sabor, hablamos de nosotros. Y como dice mi admirado Melendi en una de sus estupendas canciones: “los borrachos y los niños dicen siempre la verdad” Por eso quizá,  porque teníamos varias copas encima, o quizá fuera porque tenía que ser, la cuestión es que en aquella granja, tomando un chocolate, nos besamos. Nos dijimos que nos gustábamos, y creo que nos tembló todo el cuerpo a los dos.

Después dejé a Ariadna en el portal y esperé a que desde su casa y por el telefonillo me dijera adiós. Me fui hasta casa andando. ¡Qué hermosa me parecía Barcelona! Todo me parecía genial. Muchos como  yo iban de retirada, pero no creo que llevaran una sensación como la mía. Una sensación que es difícil de expresar, pero fácil de entender cuando se está enamorado, y cuando a la vez se siente uno correspondido por el ser más importante para uno, y el  más bello de la tierra en ese momento. Increíble, fantástico. Qué paseo hasta casa. Me permití hasta saludar al templo de la Sagrada Familia. Y lo curioso es que creí que me respondía.

Llegué a casa y sin hacer ruido me metí en la cama. No pensé en Manuel para nada. Al día siguiente me desperté a la hora de la comida, y en casa sólo estaba yo.

Me preparé un sándwich mixto, y con una naranja de postre comí. Después me senté en mi mesa de la habitación con un café largo y me puse a escribir la nota que hasta no hace mucho conservé y que más o menos decía:

Pensando y soñando , deshojando margaritas. Tu sentimiento: ¿de amor, o sólo de simpatía?  A veces confuso, a veces ilusionado. ¿Qué me has dado? No consigo centrarme en otra cosa distinta. No hace mucho tenía mis inquietudes, mis cosas en la cabeza, pero todo controlado. Ahora como te he dicho, estoy confuso, a veces sí, ilusionado. Por eso necesito tu respuesta. ¿Te gusto o no te gusto? ¿Me quieres o solamente me aprecias?

19 de mayo de 2017

de Alberto Blanco Publicado en Relatos

Un amor, un amigo (II)

Habían pasado meses y no había vuelto a ver a Ariadna. Sí que Manuel me había dicho que fuera alguna tarde con ellos, cuando ambos quedaban, que solía ser los viernes y sábados, aunque no todos. Yo no quería interponerme y, mucho menos, tampoco quería estar de “sujetavelas”, palabreja que no gustaba nada a Manuel.

-Tú eres mi amigo, Ariadna es mi amiga y amiga tuya también, jamás estarías de “sujetavelas”. Me decía Manuel. Incluso me decía: – si quieres, queda solo con ella.

Por mi educación, o por algún prejuicio que, como todos los prejuicios suelen estar equivocados, quizá también en este tiempo alguien diría por un rasgo machista, aunque a mí no me parece eso en absoluto, lo cierto es que no veía bien quedar yo solo con Ariadna. Chica que me había gustado mucho la tarde que la conocí, y que era en ese momento la mujer por la que suspiraba mi amigo. Aunque sólo fuera, quedar con ella para hablar como amigos, como personas que se caen bien y sienten la necesidad de verse para charlar; y aunque yo no hubiera podido quedar con ella de otra forma, aun así, no me parecía bien. Manuel y yo no sólo compartíamos piso, que no es poco, éramos realmente amigos, y yo le animaba en su relación con aquella preciosa pelirroja.

Un sábado mientras comíamos, Manuel me dijo que si tenía planes para esa tarde, y yo le comenté que quizá saliera con unos compañeros del trabajo. Que habíamos quedado todos los del grupo en el café de La Opera. Los fines de semana solíamos quedar un grupo numeroso de gente en ese bar, o algún otro por Las Ramblas, el Barrio Gótico o a veces por Gracia para ir de vinos y luego picar o cenar algo por allí. A veces acabábamos de copas hasta muy tarde.

Barcelona era un destino con oferta abundante de plazas, por lo que cada año entrábamos gente nueva a trabajar y de orígenes muy diferentes. Todos jóvenes, con trabajo después de años de estudios, y con ganas de divertirnos. Tuve la suerte de que la gente de mi promoción, en general, era gente muy sana, buenas personas, y con las que aún, tras bastantes años transcurridos, mantengo una relación de amistad, a pesar de estar a muchos kilómetros de distancia de algunos de ellos. Formamos un grupo entrañable y pasamos ratos inolvidables, tanto en el trabajo como fuera de él. Como he dicho solíamos quedar, aunque de una manera algo informal. Quedábamos en un bar concreto a una hora, y desde allí hacíamos un recorrido que casi siempre era el mismo. De tal forma que si alguien no aparecía, no se le esperaba. Ya sabía por dónde andábamos. Nadie confirmaba su asistencia, pero siempre acudíamos casi todos. De esa manera, si a alguien le salía algo distinto o no le apetecía ir, pues no iba y no pasaba nada. Nadie quedaba colgado, porque siempre estaba el grupo.

Manuel me contó que la tarde anterior, viernes, estuvo con Ariadna y que le había pedido que quedáramos los tres, que nos quería dar una sorpresa.

Pues bien, el sábado por la tarde decidí finalmente acompañar a Manuel en su cita con Ariadna.

Habían quedado en un bar en Aribau, muy cerca de la Universidad. Zona conocida por mí, pues se hallaba muy cerca de mi trabajo.

Según íbamos de camino hacia ese lugar, Manuel se preguntaba a qué se referiría Ariadna cuando hablaba de sorpresa. La había preguntado el viernes de qué se trataba, pero ella había insistido en que el sábado nos lo diría a los dos.

A mí me daba la impresión de que era una manera de incitarnos a quedar otra vez los tres. Pero también, debo de reconocer que iba pensando que quizá llevara a una amiga, e imaginaba cómo sería. Pensaba que si era una amiga de Ariadna, debía ser una chica maja, y a la vez me ilusionaba con que fuera guapa. Iba pensando que quizá pudiera ser una compañera suya de estudios; y lo genial que sería revivir el ambiente universitario al andar con dos universitarias por Barcelona. Nos llevarían a los lugares que solían frecuentar ellas, y volvería a ver ese ambiente que añoraba un poco. Ya hacía más de dos años que lo había vivido en Valladolid. La oposición había sido dura, y no salía mucho mientras la preparaba. Después de aprobar y ganarme la plaza de funcionario, y cuando sólo había trabajado un mes, tuve que hacer la mili y aunque no la pasé mal, no tenía nada que ver con el ambiente de estudiante universitario. Por eso iba contento pensando que podía vivirlo otra vez, aunque sólo fuera por un día en Barcelona.

Al dejar La gran Vía de las Cortes en la plaza de la Universidad y coger la calle Aribau se nos acercó una vespa que nos pitaba, a la vez que oíamos -¡Manuel, Alberto!

En la moto venían dos chicas, aunque con el casco puesto costaba identificarlas. Enseguida aparcaron y se bajaron de una vespa grande de color azul turquesa y de aspecto clásico. Yo no entiendo mucho de motos, pero me recordaba a la moto que tenía hacía ya muchos años uno de mis tíos, hermano de mi madre.

Eran dos chicas idénticas ¡Dos Ariadnas! Mejor dicho era Ariadna y una gemela, pelirroja como ella, pero con el pelo cortito. Pero para Manuel resulta que eran Ariadna y una gemela también pelirroja, pero de media melena.

-¡Uy, uy, uy! Manuel creo que ahí está la sorpresa ¿No sabías nada?

-Ni idea.

-¡Vamos a ver! Os voy a explicar.

Replicó Ariadna, o la que para mí era Ariadna. Yo conocí a Ariadna con media melena, pero la verdad es que de cara eran para mí en aquel momento prácticamente iguales. Sus ojos eran igual de azules e igual de expresivos. Preciosos, llamaban la atención. Daba igual, media melena que pelo corto. Las dos unas chicas realmente guapas.

-Primero deciros que esta era la sorpresa. Que esperamos que no os sintáis ofendidos. Que ahora os explicamos porqué lo hemos hecho. Vamos a tomar un café y hablamos.

Bueno yo según andábamos iba alucinando. Al final mejor de lo que esperaba. Me había quedado encantado cuando conocí a Ariadna. Sentía mucho, aunque me alegraba por mi amigo, no poder salir solo con esa persona tan especial. Tenía la esperanza de que esa tarde al menos, pudiera conocer a una amiga de ella, y esperaba que quizá fuese especial también como era ella. Y resulta que aparece una que físicamente era igual. Y que aunque sólo era un  primer contacto parecían dos almas gemelas, nunca mejor dicho.

Llegamos al bar y nos sentamos en una mesa. Pedimos los cafés y lo primero que hicieron fue presentarse. Nos dijeron que Ariadna era la de media melena. Manuel se quedó un poco perplejo. Su hermana, la de pelo corto se llamaba Gemma.

Manuel sólo había estado con Ariadna el día del metro, que fue cuando la conoció y el día que estuvimos los tres, cuando Ariadna y yo fuimos a buscarle al trabajo y luego él nos invitó a cenar.

Todas las citas posteriores de Manuel con Ariadna en realidad las había tenido con Gemma. El primer día según contó Gemma, Manuel la dijo que estaba muy guapa con el corte de pelo, aunque con la media melena también le gustaba. Gemma le dio las gracias, pero no quiso decirle nada de que era ella, y no su hermana.

Ariadna explicó que cuando conoció a Manuel en el metro quedó sorprendidísima. Desde luego pensó que había conocido a un chico especial y que valía la pena. Al sábado siguiente de conocer a Manuel me conoció a mí, y volvió a sorprenderse. Siempre pensó que las primeras impresiones son muy importantes, que la gente que te hace reír es muy valiosa para ella y no muy corriente, que es gente que vale mucho la pena. Según nos contaba los dos la habíamos hecho reír. Los dos la habíamos parecido chicos a los que que no debía desaprovechar la oportunidad de conocer. Los dos la habíamos gustado mucho, y conociendo a su hermana sabía que a ella la íbamos a gustar, pero prefería que Gemma lo viera por ella misma. Como el que llamó para quedar era Manuel, la dijo que fuera ella a la cita, y que seguro la iba a gustar.

-Nunca habíamos hecho esto, y no sé muy bien porqué lo hicimos pero el caso es que lo hicimos. Después de la primera cita de Gemma con Manuel queríamos decíroslo, pero a los dos a la vez. Y pensábamos que cuando quedara Gemma con Manuel y viniera Alberto os daríamos la sorpresa, y hasta ahora no ha podido ser.  Se nos ha hecho muy largo porque estaba deseando veros, y Gemma tenía ganas de conocer a Alberto.

– Una cosa, ¿tenéis más hermanas? -Pregunta Manuel.

– Sólo tenemos un hermano más mayor. Mis padres querían la parejita y nacimos nosotras.

Una historia de comedia y que no he podido resistirme a contarla. Era una fantasía que mi imaginación producía mientras acudía con Manuel a la cita. Desde luego empezaba a pensar que Ariadna me había dejado tocado. Mi amigo me hablaba, yo le respondía, y a la vez iba pensando en que quizá tuviera una hermana gemela. Seré estúpido. Os aseguro que nunca antes me había pasado algo así. Esto, algún tiempo después, se lo conté a Ariadna, y alguna que otra vez me lo recordaba para decirme que tenía una imaginación muy peliculera – imaginación de película ñoña, de las de antena 3 en la sobremesa del fin de semana – decía.

Retomando la historia, seguimos en el punto en que llegamos al bar donde habíamos quedado, y ya estaba allí nuestra cita con una acompañante. Nosotros éramos puntuales. A mí y a mi amigo también nos molestaba mucho la impuntualidad y no creo recordar haber llegado tarde a una cita. Pero, reconozco que en las chicas me sorprendía esa cualidad. No había coincidido con muchas puntuales, más bien todo lo contrario.

Tras la señal de Ariadna nos acercamos a la mesa. Nos dimos unos besos y nos presentó a su amiga Jose. Se llamaba Mª José, pero sus amigos y familia la llamaban Jose.

 -Qué sorpresa más guapa. Comentó Manuel

-Desde luego que sí. Dijo Ariadna, -pero esta no era la sorpresa. Ha venido conmigo Jose porque es mi amiga, y aunque no la conocíais hasta hoy,  somos inseparables.

Yo permanecía algo callado. Jose era guapa, pero al ver a Ariadna de nuevo me quedé un poco cortado. Ariadna estaba preciosa.

-Bueno chicas ¿qué sorpresa era esa, si es que no era Jose? Te aseguro Ariadna que con Jose ya basta para justificar que haya cancelado mi múltiple agenda para la tarde noche de este sábado, pero así y todo estamos Manuel y yo imaginando y …

-A ver Alberto y agenda, ¿cuándo vas a estar con dos chicas tan guapas e inteligentes  como nosotras? ¿Y con un tipo como Manuel que te quiere un montón?

-Tienes razón Ariadna. Pero la verdad es que siempre ando rodeado de chicas guapas e inteligentes. Es que no sé lo que tengo … Ni con agua hirviendo. En serio, estoy encantado de estar con vosotras, … con vosotras sobre todo. De Manuel mejor no hablar ….

-Luego decís que yo soy vacilón. Vaya par … de dos vacilones. Ariadna nos ha vacilado bien con la sorpresa … -replicaba Manuel

– No os he vacilado. Hoy nos vamos de baile. Como os veo algo anticuados a los dos, y un poco de pueblo, os vamos a  llevar a bailar. Seguro que domináis el baile.

Manuel y yo nos miramos y nos reímos. Pocas cosas dominábamos, pero el baile … un puro desastre.

-Vamos a ir a un sitio emblemático de Barcelona. Siempre podréis decir que habéis estado en  La Paloma. Hoy hay un grupo que tocará música de los 60, ¡De vuestra época vamos!

No es que fuera de nuestra época, pero a mí siempre me gustó la música de esa década. A Manuel no tanto según dijo, pero luego había que verle cómo se movía y cómo disfrutó de esa noche. Todos disfrutamos.

¡Una pasada!

Ahí empezó todo …

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Fotos de la sala La Paloma de Barcelona

Una historia sencilla, que vivida resulta fantástica e inolvidable, pues sus personajes tuvimos la suerte de coincidir y conocernos. Personajes con los que a veces se puede uno cruzar, se puede coincidir en una escena de la vida, pero que conocer sólo depende de la suerte y de saber aprovechar la misma. De saber percibir que algo vale la pena y lanzarse y no dejarlo pasar.

 

de Alberto Blanco Publicado en Relatos

Un amor, un amigo

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Llevaba más de tres meses en la ciudad. Me había incorporado al trabajo de funcionario del Estado, y aunque no tenía un sueldo muy alto para el nivel de vida de una gran ciudad como aquella, sí tenía unos ingresos como nunca había conseguido, y con un trabajo que me complacía, y que además me permitía disponer de tiempo libre para disfrutar conociendo lugares nuevos, como siempre había deseado.

Compartía piso en alquiler con dos chicos que había conocido un año antes en nuestra ciudad de origen, mientras preparábamos distintas oposiciones. El destino nos hizo coincidir a los tres en la misma ciudad, y en casi idénticas fechas, por lo que decidimos juntarnos para conseguir una vivienda asequible económicamente, y que fuera lo suficientemente confortable y de nuestro gusto. Así fue como nos instalamos en el Ensanche barcelonés. Decidimos sortearnos las habitaciones, y aunque a mí me tocó la más pequeña, mi amigo Manuel no dudó en cambiármela por la suya. Le daba igual, me dijo. Por supuesto no pudo dejar de  decir, mientras se reía socarronamente, que no quería limpiar tanto.

Este fue uno de los pequeños detalles que pueden explicar cómo era Manuel. Un chico que lo que siempre buscaba era agradar, aún en los mínimos detalles, a las personas que tenían la suerte de cruzarse en su camino. Estar a su lado era disfrutar del momento. Era gracioso y muy simpático. Tenía esa gracia que se dice natural, y juntando eso, a que era la típica persona bonachona, teníamos una mezcla perfecta.

Pues bien, una tarde, ya casi noche, aparece Manuel al que le había tocado trabajar un rato por la tarde, y me comenta que ha conocido a una chica espectacular. Tras salir de la oficina cogió el metro de regreso a casa. Como el trayecto era largo, se sentó en uno de los pocos asientos libres que quedaban en el vagón. Coincidió al lado de una chica de media melena pelirroja, y que tras algunas miradas que él intentó disimular, no pudo evitar prendarse de esa cara y de esos hermosos ojos azules. Tras dos paradas del metro tuvo un impulso, y sin más se dirigió a ella:

– Perdona, no pienses que soy un pervertido o algo parecido. Llevo tres meses en Barcelona. Ahora mismo vengo de trabajar. Estoy pensando que es muy probable que no te vuelva a ver, lo que es una pena para mí, porque esta ciudad es enorme, y más si la comparo con la mía, que es Palencia. Te veo tan guapa que necesito decírtelo. Perdona … No quiero que te asustes, pero es que no he podido evitarlo.  ¡Hala ya di la nota! ¡Qué vergüenza! De nuevo, perdona.

– ¿Haces esto a menudo?

– No, en Palencia no hay metro. Tampoco veo chicas tan guapas a menudo.

– Metro no, pero en Palencia hay chicas guapas.

– Por supuesto, algunas hay, pero yo jamás me he atrevido a decírselo a ninguna.

– Venga allá, con el morro que echas al tema

– Qué va, si soy muy tímido

– Ya veo, ya

Tras una charla de unas pocas paradas más deciden bajarse juntos en una estación donde, según le dice su nueva amiga Ariadna, había un bar que quería enseñarle.

Todo esto pasó un martes.

Ariadna era una joven universitaria, que estaba en tercero de medicina, y que aquel día del metro coincidió que venía de hacer un examen. No estaba muy contenta por cómo la había quedado, pero parece ser que mi amigo Manuel había hecho que se la fuera de la cabeza el examen, y además la había hecho reír.

Quedaron para el sábado en el bar al que le había llevado Ariadna. Manuel no se dio cuenta que ese día tenía guardia, y no podía acudir a la cita a la hora. Era un desastre, y había perdido el número de teléfono de ella para avisarla. Así que, lo que se le ocurrió es que tenía que ir yo a su cita, para explicarla que no saldría del trabajo hasta las diez de la noche, y según se lo tomara, según discurriera mi encuentro con ella, podríamos despedirnos al momento o congeniar y poder pasar un rato juntos. Manuel insistía en que era una chica estupenda, y lo que le preocupaba era darla un plantón. No se merecía una cosa así. Por lo demás insistía que si me gustaba y congeniaba con ella, él feliz. Hay que pensar que hablo de una época en que los teléfonos existentes eran los fijos, hoy en día estas situaciones no serían ni parecidas. Una situación un poco rara, pero que tras insistirme un poco decido acceder a su deseo. Una chica pelirroja y de ojos azules era fácil de ver en un bar, y a una hora concreta, pero otra vez un desconocido, qué iba a pensar la chica.

El sábado a las siete de la tarde me presento en el sitio, bar El Brasileño en una zona muy típica de la ciudad. Ellos habían quedado a las siete y media. El sitio me recordaba a un garito que frecuentaba en Coruña, mientras realicé en esa ciudad un curso tras la oposición, y me llevé una grata sorpresa. Era un sitio que de entrada me parecía muy agradable: con mesas redondas con cuatro sillas cada una, y una lámpara en el centro. Gente sentada charlando, y una música débil de fondo. Barra bastante amplia y con algunas, no muchas banquetas. Fui hacia la barra y me pedí un quinto. Pensé que, mientras esperaba, estaba bien. Antes de acabar la cerveza, antes de la hora de la cita, se acercó una chica pelirroja a la barra, y oí decir al camarero que se sentara, que ya pasaba él por la mesa.  Entonces me acerqué hacia ella, y antes de que se fuera hacia una mesa la pregunté si era Ariadna.

-Sí, soy yo. Y tú, ¿quién eres?

-Soy Alberto. Soy amigo de Manuel y vengo a decirte que no puede venir. Tiene trabajo y no sale hasta las diez. Siente mucho no haber podido avisarte antes, pero perdió tu teléfono. De verdad,  que lo siente mucho, y me ha insistido para que venga yo a disculparme en su nombre, y no te enfades demasiado con él.

– Vale. Pues gracias por venir.  Perdona, ¿tu nombre?

– Alberto

– ¡Ah! sí, Alberto, ¿Tú eres uno de los chicos con quien comparte piso? El que trabaja en …

– Sí, ese soy yo.

– Sabes que tengo un problema con …

– ¿Nos sentamos, tomamos algo y me cuentas?

– Sí, mejor. Aunque llevo unos días que no paro de hablar con desconocidos

– Es la mejor manera de conocerles. Que conste que yo he venido porque Manuel me dijo que eras de fiar. Porque no suelo quedar solo con desconocidas, en un bar que no conozco, y en una ciudad tan grande como esta.

– Otro desconocido y otro vacilón  … Esta bien, seré buena contigo. No te preocupes que hoy no te secuestraré.

– Si es así, ya me quedo tranquilo

Nos sentamos y estuvimos hablando y hablando. Fantástica chica. Guapa por fuera y encantadora por dentro.

Era una catalana de las de ocho apellidos, como se diría ahora. Muy enamorada de su tierra, pero también del resto del mundo. Lo que más la gustaba, según decía, era conocer gentes y lugares, disfrutar de los pequeños momentos, y sobre todo estaba ilusionadísima con terminar sus estudios de medicina, y poder ejercer algún día la profesión. Hablaba con mucho entusiasmo de la ciudad donde vivía, y del pueblo de su padre. La encantaba enseñar a los demás los sitios que a ella la parecían hermosos.

A pesar del poco tiempo que llevaba en la ciudad, conocía un garito que estaba seguro, que si aún Ariadna no había descubierto, la iba a impresionar. Era un café bar que me había enseñado un compañero de trabajo, y que regentaba Juan, persona, que entre otras, contribuyó a que guarde unos recuerdos imborrables de los años que estuve por la ciudad, profesional además en la preparación de cócteles. Jamás había probado  un cóctel en mi vida. A estas alturas reconozco que ya he probado muchos, pero jamás he probado cócteles tan ricos como los de Juan. Siempre mantengo la esperanza, y por eso sigo pidiendo alguno de vez en cuando, pero nada. Pensando que la iba a gustar, decidí proponerla visitar el café del cóctel, como yo le llamaba. Estaba relativamente cerca y decidimos ir andando.

Pedimos un cóctel de cava, y lo tomamos con algo que nos pusieron para acompañar la bebida. Ariadna me dijo entonces, que el paseo había valido realmente la pena. Fue a partir de ese momento cuando me empezó la sensación de temblor cada vez que sentía que la dulce mirada de Ariadna se dirigía hacia mí. Sensación que ya nunca perdí del todo.

El tiempo voló y propuse que fuéramos a esperar al trabajo a Manuel, a lo que Ariadna respondió: -¿qué Manuel?  – Nos reímos los dos.

Desde luego aquel primer contacto con Ariadna, me hizo sentir como que la conociera de mucho tiempo. Era una chica abierta, muy simpática y también, al igual que Manuel, muy vacilona, en el mejor sentido de la palabra. Yo pensé: la chica de Manuel. Eran iguales. Bueno, por supuesto, Manuel muchísimo más feo, obviamente. Ella era preciosa. Ojos azules y totalmente expresivos, y su cara blanca, con una expresión mágica. Desde entonces, cuando veo a una pelirroja no puedo dejar de observar durante un instante su cara. Quizá sea Ariadna.

Me alegraba mucho por mi amigo, pero también pensaba, qué pena que la conociera él primero.

Cuando salió Manuel del trabajo no pudo disimular su alegría.

Ariadna le dijo: -Sí, ríe, ríe … Además de que en tu primera cita conmigo te pongo los cuernos con tu amigo, vas a tener que invitarnos a cenar .

Manuel encantado de ver a Ariadna alegre, y agradecido de su amigo, como no paró de decírmelo durante tiempo, por haberle salvado su cita.

Lo que pasó después entre estos tres amigos requeriría de otro u otros relatos.

Quizá para otra ocasión.

Cada vez que te recuerdo
me pongo triste y alegre.
Alegre por haberte tenido,
triste por ya no tenerte.

18 de septiembre de 2016