Encuentro con poeta

Uno de mis encuentros, sueños, recogidos en mi último libro:

ENCUENTRO CON POETA

En mi sueño, me hallaba al anochecer entre un jardín y una huerta al lado del río Sil. El aire olía a tierra húmeda y a hojas de rosal, y la luna, recién alzada, parecía velar la escena. Entre sombras se dibujó una figura elegante: un caballero de porte serio, con la mirada intensa de quien ha visto mundos y a la vez carga nostalgias.

— Señor Gil y Carrasco… ¿sois vos?

— Así es, amigo mío. No sé si soy recuerdo, sombra o invención de tu deseo, pero aquí estoy, en esta bruma de sueño.

— He querido hablar con vos del amor, de la poesía que todo lo tiñe y lo trastorna.

— El amor, decís… ¡Ah!, es llama sagrada y herida secreta. En mi tiempo lo llamábamos romántico, porque era fuerza que ennoblecía la vida y la volvía tragedia a un mismo compás. En él hallamos dulzura y desvelo, dicha y condena.

— ¿Creéis que la poesía nace del amor?

— No hay poesía sin un estremecimiento del alma. El amor es su fuente más caudalosa, mas también el dolor, la nostalgia y el recuerdo. En estas tierras del Bierzo aprendí que la belleza hiere dulcemente: cada valle, cada río, susurraba versos antes de que yo los escribiera.

— El Bierzo… Al pasear por las calles de sus pueblos, por las calles de Villafranca, de Bembibre, de Ponferrada, a veces me parece escuchar ecos de vuestro espíritu.

— Serán los ecos que yo mismo escuchaba y que intenté plasmar en mis versos. Eso sí, allí dejé mi corazón. Entre castillos y neblinas, entre encinas, castaños y viñedos, se formó mi visión del mundo. El poeta nunca se desprende de su tierra: la lleva como un sello, aun cuando vague por países lejanos.

— ¿Qué diríais a quienes hoy buscan en la poesía un refugio?

— Que no teman entregarse. El amor romántico, aunque duela, ennoblece. La poesía, aunque incomprendida, salva. Y la tierra que nos vio nacer siempre nos llama, como el eco de una campana en la tarde.

— Me gustaría entender mejor eso que llamáis amor romántico.

— El amor romántico no es mero afecto, ni tibieza pasajera. Es tempestad, es río desbordado. El amante no busca poseer: busca elevarse y perderse en el otro, hasta no reconocerse a sí mismo.

— Pero… ¿no conduce ese amor a la desdicha?

— A veces sí, mas en ello radica su hermosura. ¿De qué sirve un amor que no estremece hasta la raíz? Amar con mesura

es apenas calcular; amar con entrega es vivir, aunque la dicha se trueque en llanto.

— Vuestros versos laten con esa fuerza, como si fueran suspiros encadenados a la eternidad.

— La poesía fue mi refugio y mi condena. El amor, cuando se calla, se pudre; pero cuando se canta, se salva. Aunque duela, se vuelve llama que ilumina más allá de la vida.

— ¿Y pensáis que, en nuestro tiempo, el amor aún puede sentirse con ese ardor?

— El corazón humano no cambia tanto como las ciudades o los reinos. El amor siempre será exceso, misterio y herida. En Villafranca o Berlín, en Ponferrada, Valladolid o Madrid, late del mismo modo: como un fuego secreto que hace del mortal un ser infinito por un instante.

— Entonces, podríamos decir que el amor es eternidad en el instante.

— Justamente. Eternidad en el instante, y poesía en la herida.

— Estoy pensando que es curioso que este encuentro se produzca a orillas del Sil. Podíamos estar charlando en un café.

Aunque partiendo de que este encuentro es un sueño, no debería plantearme dónde se produce. Esta sería, en todo caso, una cuestión menor.

— Curioso puede, pero no casual: el amor, y estamos hablando de amor, y la naturaleza se buscan, porque ambos son espejo uno del otro.

— ¿Cómo es eso?

— Mirad este río. Su curso es como el del amor: empieza como un hilo oculto, crece con ímpetu, se desborda en torrentes, y al fin, tras tanto fragor, se entrega al mar como el corazón se entrega a su destino.

— Y las montañas… ¿también hablan de amor?

— Sí. El amor es elevación. Como el amante que suspira por alcanzar lo imposible, así la montaña se alza hacia el cielo, altiva y melancólica. Y cuando la niebla la envuelve, no parece sino una pasión velada, un sentimiento que no osa mostrarse por completo.

— En mis paseos por estas tierras he sentido que la brisa parecía llevar un suspiro antiguo, como si toda la comarca recordara amores pasados.

— Porque la tierra guarda memoria. Cada piedra, cada encina, ha visto amantes jurarse eternidad y perderse luego en la fragilidad de los días. El Bierzo entero es un libro de promesas: unas cumplidas, otras rotas. Como en el resto del planeta.

— ¿Y entonces la poesía qué papel juega en ese paisaje del corazón?

— La poesía es la voz que da forma a lo inasible. Cuando el corazón arde y la naturaleza resuena, el poeta une ambas

músicas. El amor se hace río, montaña, viento; y la tierra, a su vez, se hace carne y latido.

— Entonces, para amar de verdad, ¿debemos mirar la naturaleza?

— No solo mirarla: debemos reconocernos en ella. El amante ve en el río su impaciencia, en el bosque su misterio, en la montaña su anhelo, en los campos llanos la inmensidad del amor. Los lugares donde viví me enseñaron que la naturaleza no es adorno, sino reflejo del alma.

El viento arreció entre los chopos, y juraría que el río Sil, al rozar la orilla, murmuraba un verso inacabado.

— Ahora lo comprendo: la tierra y el amor hablan la misma lengua.

— Y esa lengua es la poesía.

©Alberto Blanco González

Entre encuentros y sueños… versos

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