Campos Góticos

El amanecer despierta
entre trigos y cebadas,

entre girasoles verdes
entre lentejas y alfalfas.
Campos extensos y llanos,
sin final y sin montañas,
solo con algunas lomas
que descubren las espaldas
de esos campos de secano,
de esas tierras de labranza
donde el frío del invierno
congela hasta las almas.

El rojo de la amapola
sobre el verde de las plantas
resalta en primavera
en esas tierras tan vastas,
en esos campos labrados
habitados por calandrias,
por perdices y aguiluchos,
codornices y avutardas.
Por ellos corren las liebres
como guepardos en Africa.
Ya se perdieron majuelos,
muchos de aquellos barbechos
y el sonar de las campanas
de esos viejos campanarios
donde las cigüeñas guardan
a sus pequeños polluelos.

Ya no hay tantos palomares,
aunque sí bastantes tapias
que recuerdan esas obras
fundidas con el paisaje
de esas tierras que sí, encantan,
no solo a los que allí habitan,
también a los que por allí pasan,
y perciben, sin querer,
la grandeza de esos campos,
la belleza de colores,
la pureza de la tierra,
la ignorancia del que ve
ese lugar como pobre.

Antes de irse la luz
nos regala despedida.
La tierra y el cielo juntan
su caras para bailar
y su contacto descubre
un rojo bello final
por la sonrojez de ambos
en su contacto al danzar.
Puesta que te maravilla
y que te transporta al cielo,
y si regresas y miras
descubres que es como el sueño:
es la misma tierra roja al fondo
por la que siempre caminas.

4 de septiembre de 2018

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