Es Navidad también en Alepo

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Es Navidad.
Días y noches de Navidad,
tristes y alegres, pobres y ricas.
Celebradas y maldecidas.
Impías o indiferentes y devotas o festivas.
Casas calientes, casas frías.
Exiguas viandas, espléndidas comidas.
Calles con luces, calles con risas
con villancicos sonando
con alegría.
Niños con padres, con hermanos
en familia
esperando sus regalos
disfrutando de esos días.

Es Navidad.
Días y noches de Navidad.
Sin magia, sin alegría.
Ciudades devoradas por muchas  bombas caídas,
por proyectiles lanzados sin nada de miramiento.
Calles con gente asustada, con niños con sufrimiento.
Con carros llenos de vidas
ya muertas o terminadas
ya para siempre vacías.
Casas caídas, devoradas por el fuego.
Familias rotas enteras.
Es Navidad y es la guerra.
Los villancicos no suenan.
El  ruido de los aviones
y el silbido de sus bombas,
junto al llanto de los niños
es lo único que se oye.

Es Navidad.
Es Navidad en Belén y es Navidad en Alepo.
Es Navidad y persiste todo ese sufrimiento.

Quería expresar mi agradecimiento a todos los que dedican un poco de su valioso tiempo a leer alguno de estos textos que escribo, y a la vez desearles unas Felices Fiestas. Mis mejores deseos para todos.
Pero también, especialmente en estos días, quería escribir algo que, al menos, me obligara a pensar un poco en la crueldad de las guerras y del sufrimiento, que por desgracia muchísimas personas de nuestro mundo sufren, por el solo hecho de haber nacido en un lugar concreto y en un momento determinado. Las comunes de las personas, que somos casí todos, debemos acordarnos de estas otras y de su sufrimiento siempre, y procurar que en lo poco que podamos ayudar ayudemos. Por lo menos comprender su situación, y no poner más zancadillas.

16 de diciembre de 2016

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Amores de para siempre

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San Juan

En un pueblo no lejano,
en unas tierras muy llanas,
en un invierno muy frío y
con mucha, mucha escarcha.
Al lado del cementerio,
en una iglesia caída,
San Juan se llamaba el templo,
allí se nos iba el día.
Entre aquellas viejas ruinas,
una tarde coincidimos,
poco a poco intimamos,
y al final nos conocimos.
Tú eras un bella niña,
yo sólo un adolescente.
Los dos unos soñadores,
seguidores de utopías,
de amores de para siempre,
de gracias y de alegrías.
La vida de cada uno
siguió diferentes vías.
Después de unos cuantos años,
otro invierno coincidimos.
Esta vez en un colegio,
donde nuestros hijos iban.
Apenas nos dijimos nada,
con las miradas valía.
Volvimos a aquellos tiempos,
de gracias y de alegrías,
y aunque sólo un momento
vivimos la fantasía.
Se nos vino a la cabeza
aquel no lejano pueblo,
y aquella iglesia caída,
al lado del cementerio.
Te ví. Y seguías siendo
aquella bellísima niña.

5 de diciembre de 2016

de Alberto Blanco González Publicado en Poesía Etiquetado

Solo

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Solo.
Casi siempre
solo.
Muy a menudo acompañado
por gentes, por ruidos, pero
solo.

Mejor,
muchas veces mejor,
solo.
Nadie te entiende.
Quieren hacerte ver,
y ni se enteran siquiera,
cegados del todo están.

Empapados de palabras.
Palabras y soledades.
Soledades no entendidas,
soledades cómplices,
y palabras compartidas.

Soledades y palabras.
Palabras no sentidas.
Con absurdas formas,
con forzadas risas.

Palabras de saludos,
con estúpidas mentiras,
con estúpidos diálogos.
Con ideas compartidas
y rebaños engañados.

Solamente, solamente
solo.
No sé, ni quiero  estar de otra forma.
Alguna rara vez coincido
con nadie,
contigo;
con otro como nosotros.

Apenas hablamos.
Nos comprendemos,
sincronizamos,
y en un corto momento
nos saciamos.
Después,
volvemos a nuestros adentros
y disfrutamos.

Solos.
Distintos, bellos, delicados.
Solos.

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2 de diciembre de 2016