A mis hijos

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Para mis hijos.

¿Cuánto os quiero?

No sabría decirlo.

Sí que sé que todo lo que antes de que nacieraís era lo primero para mí ha pasado a un segundo lugar.

Muchos dicen que cada uno debe hacer su vida sin renunciar a nada, porque entonces no es una vida completa. Se debe seguir viviendo pensando en aprovechar los momentos que individualmente nos hagan gozar, nos permitan realizarnos como suele decirse, e intentar satisfacer la vida individual para tener una vida plena. Quizá tengan razón, pero de ser así, sólo en parte.

A muchos padres no nos satisface una vida si no es pensando en los hijos y en hacer lo que creemos mejor para ellos. En procurar ante todo que sean felices. Con eso somos felices nosotros también.

Gracias a los hijos se adquiere una perspectiva distinta de la vida, y quizá esta perspectiva no pueda entenderse sin ser padre. E incluso creo que, ni siquiera una parte importante de los padres la tengan.

Estamos en una sociedad de consumo de la que resulta mucho más difícil de lo que creemos pasar de sus tentaciones. Es fácil hablar de lo malo que es el consumismo, de cómo la gente se deja llevar por el dinero, por el afán de protagonismo, por el placer inmediato, por muchas de esas cosas que muchos criticamos. Hablamos de la sociedad que queremos, de la sociedad del bienestar, de la sociedad donde prevalezcan otros valores. Pero, a veces,  no nos damos cuenta que lo que tenemos claro al criticar, es lo que realmente estamos fomentando nosotros mismos. Lo estamos haciendo nosotros. Seguimos conductas que van en contra de todo lo que decimos pensar, hacemos justo lo que criticamos. Pero, estamos tan convencidos de nuestros argumentos parlantes, que acabamos creyendo que nosotros no representamos a esa sociedad consumista y materialista. Gran error. En muchos casos podríamos ser  sus máximos exponentes.

Siempre he tenido claro, y en este blog lo he dejado escrito en más de una ocasión, y seguiré haciéndolo, que la vida es para disfrutarla. Nos la han dado para vivirla y aprovecharla todo lo que se pueda. Pero la cuestión es ¿qué satisface a cada persona?, ¿cómo considera cada uno la forma en que mejor aprovecha su vida?

A mí me preocupa sobretodo el bienestar de mis hijos. Su bienestar y el poder compartir el mismo con ellos. Al menos hasta que ellos lo puedan compartir con otros. Después no sé. Pero, en cada momento, la vida me ha llenado de expectativas e ilusiones, y no creo que estas desaparezcan, simplemente cambiarán.

Ahora, mientras sean como son, niños, mientras me necesiten, lo que realmente me preocupa son ellos. Ellos son la primera de las causas que hacen que sea feliz, que hacen que esté contento o triste. Ellos me hacen gozar de la vida de verdad. Puede que a veces me despiste y pierda la perspectiva, pero pronto la recupero, y vuelve todo, salvo ellos, a un segundo plano.

No soy tan mayor y creo que nunca lo seré como ya he dicho, para renunciar a mi vida, a mi futuro. Pero renunciaría a todo por mis hijos.

2-3-4 abril 201518

Voy a reproducir una definición de hijo que circuló por Internet, y que creó alguna polémica al atribuirsela a José Saramago, pero que, la escribiera quien la escribiera, en mi opinión, refleja bastante bien lo que significa para un padre un hijo.

Hijo es  un ser que Dios nos  prestó para hacer un curso intensivo de cómo amar a alguien más que a nosotros mismos, de cómo cambiar nuestros peores defectos para darles los mejores ejemplos y, de nosotros, aprender a tener coraje. Sí. ¡Eso es! Ser madre o padre es el mayor acto de coraje que alguien pueda tener, porque es exponerse a todo tipo de dolor, principalmente de la incertidumbre de estar actuando correctamente y del miedo a perder algo tan amado. ¿Perder? ¿Cómo? ¿No es nuestro? Fue apenas un préstamo… EL MAS PRECIADO Y MARAVILLOSO PRÉSTAMO ya que son nuestros sólo mientras no pueden valerse por sí mismos, luego le pertenecen a la vida, al destino y a sus propias familias. Dios bendiga siempre a nuestros hijos pues a nosotros ya nos bendijo con ellos”
 
 

 

 

18 de agosto de 2015

Amigos

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El tener quién escuche
Cuando quieres hablar,
Quién te brinde silencio
Cuando quieras pensar.

El tener quién te hable
Si querés escuchar,
Es tan bueno, ¿y qué cuesta?
Casi nada, al final.

Si te sientas conmigo,
Si tú estás a mi lado,
Que seamos amigos,
Ya está casi arreglado.

Fragmento de  “Amigos” del poeta argentino Ramón de Almagro (Ramón Valdez)

 

Era viernes. Salí del hotel contento. Me esperaba mi amigo Javi al que hacía tiempo que no veía.

Habíamos quedado en el sitio de siempre, aunque la última vez había sido 15 años atrás.

Iba pensando en lo rápido que pasa el tiempo. Tenía la impresión de haber quedado con Javi el fin de semana anterior. El bar seguía abierto según nos habían contado. No sabíamos si seguiría siendo de Juan. De ser así, ¿Nos reconocería? Difícil. Había pasado tanto tiempo sin volver por allí. Bueno, primero pensar si nosotros mismos nos reconoceríamos sin problemas. Lo demás ya veríamos.

Nosotros con los medios técnicos de nuestros días, redes sociales, washap, etc. podríamos reconocernos sin ninguna duda, si no fuera porque mi amigo Javi está reñido con esos temas y pasa de los mismos. Más bien es que no sabe ni que existen. Así es Javi. Un tipo totalmente especial y diferente en todo.

Decidí ir andando para pasar y ver cómo seguían algunos de los sitios emblemáticos para mí de la ciudad. Fue un paseo que hizo revivir en mí muchos y buenos recuerdos. Era una tarde noche primaveral estupenda. Al final llegué a la puerta del pub y ¡qué emoción! ¿habría cambiado de dueño? ¿seguiría Sandra por allí? …
Entré y … Genial. Mi queridísimo pub Mallorca 500 estaba muy cambiado, pero reconocible. En la barra Juan que grita: ¡aúpa Pucela! -No puede ser. Juan se acordaba de nosotros. En la barra mi amigo Javi, que había llegado un poco antes y había contado a Juan nuestra quedada.

Javi y yo habíamos reservado un mini apartamento en un apartahotel para los dos, pero cuando llegué, tenía una nota en la que mi colega me decía, que me esperaba en el Mallorca a las ocho de la tarde. Así era más emocionante. Aparte que, según decía, no podía esperar más sin salir a dar un paseo. Había llegado a la ciudad por la mañana. Yo, en cambio, llegué a las seis de la tarde. Ducha para refrescarme y camino hacia el bar.

Lo primero que nos preparó Juan fue nuestro cóctel. Era el mejor preparador de cócteles de la ciudad, según me habían comentado en más de una ocasión. Pero, sólo los hacía para algunos amigos, o para algunas ocasiones especiales como cuando su queridísimo “Espanyol” ganaba al Barça, o le daba alguna otra alegría especial. Recuerdo con emoción, cómo también el día que el Pucela ganó al Barça en el Nou Camp, con una actuación excepcional de Manolo Peña, Juan Javi y yo nos tomamos un cóctel especial para celebrarlo. Cóctel que Juan hizo con algo que le dio un color violeta en honor al Pucela, y en honor a los que de aquella éramos entusiastas seguidores. Ahora ya les expliqué que me inclino mucho por el equipo de la tierra en la que ya llevo muchos años.  Por supuesto que sigo con mi sentimiento blanquivioleta, pero reconozco que mis pasiones futboleras son más bien blanquiazules.

Dice Juan que quizá sea porque suena mejor lo de “la Deportiva” que lo de “el Pucela”. Se acuerda de mis preferencias. Dice que me parezco mucho a los catalanes, pero a los catalanes como él: no a los de “la pela es la pela”, sino a los de “la nena es la nena”. Juan es  un catalán un tanto atípico. Siempre ha dicho que Barcelona con madrileños sería la “hostia”. El se refería a la “marcha”. Los catalanes eran un poco menos enrollamos de entrada. Sólo eso. Después son igual o más juerguiatas que los madrileños, pero cuesta compadrear al principio con ellos.

Después de charlar los tres un poco del tiempo pasado y de quedar con Juan para el día siguiente, Javi y yo decidimos recorrer los sitios por los que íbamos habitualmente. Primero teníamos que cenar un poco para poder acomodar como es debido el posible líquido que ingeriríamos después.
La cena en Gracia como las que recordábamos. Eso sí faltaba algún que otro colega, pero una cena y un paseo por los alrededores de la plaza del Diamante muy satisfactoria y de muchos recuerdos. Nos reímos mucho, como solíamos hacer, al recordar alguna que otra de nuestras correrías. A veces hicimos alguna gamberrada.
Una que hicimos sin intención de que resultará así, pero que resultó fuerte, fue la de una tarde de invierno. Javi, otro colega llamado Fernando, y yo habíamos quedado para tomar nuestra copa de castellana en un garito del que no recuerdo el nombre, pero que estaba por el casco antiguo de la ciudad. Pues bien, Javi y yo nos encontramos en la puerta del bar. Vimos que Fernando no había llegado y en lugar de entrar decidimos esperar fuera. Era ya de noche y el bar estaba a la vuelta de una esquina. Se nos ocurrió dar un susto inocente a Fernando al que vimos aparecer a lo lejos. Nos medio escondimos y nos tapamos con la capucha de nuestra trenca la cara, y cuando giró la esquina Fernando … !Zas! … Gritando los dos como dos locos a la altura de su cara. Sorpresa nuestra: !no era Fernando! !Joder, menuda putada! Piernas para qué os quiero.
Salimos Javi y yo disparados de allí. El falso Fernando acordándose de toda nuestra ascendencia familiar. !Qué movida! ¿Y ahora qué? Menos mal que no nos había visto. Con el susto …
Decidimos esperar unos cinco minutos e ir al bar. Entramos en el garito y en la barra estaba un hombre pidiendo una copa de ginebra porque según contaba había estado a punto de palmarla. Se había topado con unos hijos de la gran bretaña que le habían dado un susto de muete. Nos llegamos a dar cuenta de que le temblaban las manos. El camarero intentaba calmarle mientras le servía su copa.
Ante tal panorama y viendo que Fernando no había llegado decidimos salir fuera para cruzarnos con él según se acercaba al sitio. La copa de castellana para otro día. Y es que no había en cualquier sitio nuestro anís preferido.
A los pocos días sí preguntamos por nuestro amigo del tembleque, y nos dijo el camarero que estaba perfecto. Que se había llevado un buen susto. Era un cliente habitual del bar. Nosotros nos apresuramos a decir: “Cuánto gamberro hay por ahí. Pa haberle matao”

Después de nuestra cena en Gracia, nos pasamos por los bares de primera copa donde íbamos habitualmente. Bares de primera copa donde a veces estábamos hasta después de cerrados al público. Uno de nuestros preferidos era el Tropezón. Nombre que no era el suyo, pero así le llamábamos nosotros. También seguía el local, aunque el garito había cambiado mucho. No obstante seguía poniendo música muy parecida a la de entonces, rumba catalana y canción española sobre todo. El ambiente estaba muy bien. Pero claro, no era lo mismo. En aquel garito, hace años, estábamos casi como en casa, con un grupo de gente conocida. Nos comentaron que había estado cerrado, y lo habían abierto hacía dos años.
Recorrimos otros tres o cuatro locales. Seguían abiertos los locales que frecuentábamos, pero naturalmente habían cambiado mucho. No obstante, lo pasamos bien.
Se notó el viaje largo del día y estábamos cansados, así que decidimos irnos al apartamento a dormir. Eran las cuatro de la mañana y caímos en seguida.

El sábado nos despertamos tarde y nos fuimos a desayunar. Fuimos hasta el café Opera, donde nos tomamos su espléndido “croissant”. Otro sitio en el que nos faltaba gente. Allí solíamos quedar, y normalmente de ocho a diez personas.
¿Qué sería de algunas de ellas? De muy pocas sabía algo. Con tres sí mantenía algún que otro pequeño contacto.
La Plaza Real, el Viena, el Mercado. La casa del jamón, el Cabrales. Sitios por los que íbamos después del Opera. Sitios con encanto, pero que cuando los asocias demasiado a gente concreta, y esa gente no está contigo se transforman en sitios tristes. Sitios que si vuelves a frecuentar no parecen lo mismo, al menos al principio.

Después de comer un poco, picoteo por el Xampanyet, y descansar un mucho, nos encaminamos hacía el Mallorca. Habíamos quedado con Juan.

Llegamos al Mallorca pensando en recoger a Juan, para que nos enseñase  algún sitio singular nuevo de la ciudad. En nuestras andanzas de antaño, Juan, algún sábado que otro, venía con nosotros cuando le comentábamos de algún garito especial. A él le gustaba conocer sitios nuevos,  y no porque se hubieran abierto recientemente, sino porque realmente fueran sitios un tanto singulares, por su ambiente, decoración.

Tras saludar a Juan, y mientras estábamos tomando un tercio, se nos acercan dos mujeres, mujeres en las que ya nos habíamos fijado. Y directamente nos dicen que si las acompañamos a la zona del barrio gótico, donde estaban unos bares que nos iban a encantar.  Javi y yo alucinando. Juan con su típica media sonrisa burlona.

Entonces escuché a una de ellas una expresión en catalán. Expresión  que había oído varias veces, pero sólo a una persona. Recordé  ¡Era Sandra! ¡Qué alegría!

Sandra era una chica que alguna vez ayudaba a Juan en el bar. Era una excelente relaciones públicas. Controlaba totalmente el negocio, sabía tratar a los clientes, y controlar y enseñar a los camareros que Juan contrataba, y era de total confianza para el negocio.

Cuando años atrás  la conocí,  su cara me resultaba muy familiar. Estaba  una foto suya en un cartel publicitario de la parada del autobús, que cogía para ir y volver del trabajo. Era modelo, y había hecho un trabajo para anunciar un colgante, que promocionaba no recuerdo qué empresa comercial.

Javi y yo siempre habíamos tenido una relación genial con ella. Alguna vez había salido con nosotros. En algunos de los bares que frecuentábamos, teníamos un trato muy bueno,  y estoy convencido que era gracias a que alguna vez fuimos con ella.

Juan la había llamado. Sandra no vivía en la ciudad, pero coincidió que había ido ese fin de semana a ver a su familia, y se pasó con su hermana para vernos.

Al final no hubo manera de convencer a Juan. Tenía mucho jaleo y no nos acompañó.

Sandra y su hermana Mercè nos enseñaron el ambiente del sábado noche en el barrio gótico, y debo decir que no hubiese sido posible tener mejor compañía.

Una de las mejores noches de copas que alguien puede pasar.

7 de agosto de 2015

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de Alberto Blanco González Publicado en Reflexiones